Ni las ranas se dejan hervir, sólo los humanos

Por Gabriel Ortiz de Zevallos, presidente ejecutivo de APOYO Comunicación

En muchas ocasiones hemos escuchado que, si ponemos a una rana en una olla y calentamos el agua muy lentamente, la rana no reacciona a tiempo y muere. Se ha usado esta historia muchas veces para alertarnos sobre los riesgos de no percibir bien cambios significativos que ocurren de pocos. Y la moraleja para estar siempre alerta a los cambios sutiles se ha aplicado para bien en temas de autoayuda, psicología, gestión empresarial, e incluso calentamiento global.

Un detalle más vergonzoso sobre esta historia es que la curiosidad humana, después de muchos experimentos, llegó al extremo de calcular con precisión que la temperatura para hervir ranas sin que se den cuenta tenía que subir 0.002 grados Celsius por segundo. Pero, desde hace algunas décadas, los científicos concluyen que la rana no se deja matar si cuenta con una vía de escape disponible, por lo que hubo bastantes ranas inmoladas en experimentos amañados, sacrificadas por el ego humano.

Pero el papelón para la especie humana se completa con broche de oro: no sólo tenemos que admitir que hemos torturado y difamado ranas por más de 100 años, sino que no hemos logrado ningún avance significativo en nuestra toma de conciencia de que hay cambios graduales que no son tan fáciles de reconocer y nos pueden dañar.

Y es que una de las cosas más difíciles de admitir es que la mayor inteligencia no siempre suma, a veces sólo confunde. La negación de la realidad es un fenómeno principalmente emocional: nos resistimos a lo que nos molesta ver o encarar y, conscientemente o no, solemos usar del razonamiento alambicado para justificarnos. La inteligencia sin humildad ni disposición genuina para reconocer fallas puede ser un arma peligrosa en contra nuestra (y de otras especies). 

Es obvio que hay crisis que, cuando se desencadenan, pueden destruir una buena reputación en poco tiempo. Por ello, un esfuerzo preventivo (el análisis de qué podría gatillar una crisis y qué hacer en caso ésta se desencadena) resulta un ejercicio muy valioso. Hay crisis imposibles de predecir, es cierto, pero son las menos. En tales casos, igual es útil contar con protocolos para accionarlos oportunamente. Pero, como resulta evidente de varios casos recientes, algunas crisis se generan o agravan porque en los hechos se eligió -conscientemente o no- dejar de preverlas y encararlas a tiempo. En algunos casos, los riesgos resultaban conocidos o identificables con anticipación, si hubiera habido la diligencia debida; en otros, han sido consecuencia de la convivencia con una cultura y prácticas que generarían, tarde o temprano, una severa crisis. El elemento de negación en estos casos resulta aún más grave que en el llamado síndrome de la rana, porque la gradualidad no está presente; los factores específicos de riesgo están ahí, a la vista de cualquier observador objetivo, con el mandato o la responsabilidad de liderar para hacer algo al respecto.

Muchas veces no se reacciona adecuadamente por la incomodidad que ello genera, a pesar de las serias consecuencias contingentes implícitas. La naturaleza humana nos puede volver así de insensatos, hay que ser plenamente consciente de ello. Para prevenir y manejar crisis hay que hacer ranas (ejercitarse), no hervirlas.